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28 marzo, 2015

EL PÁNICO AL MIEDO: ¡QUÉ SUSTO!

14-CARTAGENA SUBLIME

Cartagena sublime, por Oscar García

LA MUERTE Y LA MORIDA

 

A Belisario Betancur, el expresidente, y a mi padre, que era comerciante, en varias ocasiones les escuché decir lo mismo: “Yo no le tengo miedo a la muerte sino a la morida”.  Esto constituye toda una demanda a la vida: que mate sin sufrimiento.

La acción de morir, dicha de este modo, generaba al mismo tiempo risa y entendimiento.  Mi padre murió, súbitamente, en una madrugada de abril, obteniendo complacencia con su pedido.  Belisario Betancur no ha muerto y promete que, solamente después de su deceso, podremos conocer su versión acerca de lo sucedido durante las dos tomas del Palacio de Justicia. Confirmado: Belisario, como gusta ser llamado el expresidente colombiano, no ha contado con la suerte de una buena y tranquila morida

Los dos casos ilustran acerca de que le miedo a la morida no se reparte de manera igualitaria: mi padre duró poco tiempo entre la formulación de su miedo y ser complacido, comparativamente con Belisario que va a ajustar 30 años sufriendo del miedo a la morida pues la verdad de la que es portador pondría en peligro su existencia de octogenario memorioso si la formulara a viva voz.

La morida es esa cosa que cuando ocurre transforma el final de un tajo en agonía insoportable, en menoscabo de toda sensación de placidez, en darle peso gigantesco a lo que debería gozarse por su levedad, el cuerpo y el ser.  Mientras seguimos representándonos a nosotros mismos en el mismo lugar donde quedó instalada una imagen de sí, el cuerpo y el ser atosigan por su renuencia a liquidarse convirtiéndose en fardos que dificultan el buen vivir llevando a la vida a convertirse en un mal y prolongado morir.

Aquella fotografía del niño africano muriendo de hambre asediado por buitres a la espera de su desenlace, ilustra lo que es la temible morida de muchos que, no por desnutrición severa sino por afección mortal de su propia conciencia de sí, consiguen poner a los buitres a su servicio mientras el desenlace fatal se consuma y ellos pasan a derivar los beneficios de haber servido a su asustado amo.

Para gozar se lucha por satisfacer la codicia y una vez se obtienen bienes  todos se gastan en protegerse de la envidia de los demás y en tratar de sanar las heridas dejadas por la desenfrenada carrera hacia el éxito.  El miedo a la morida no se ha podido conjurar y, contra toda previsión, la vida final se ha convertido en el aplazamiento de la muerte, en la irrupción de toda clase de representaciones imaginarias acerca del propio ser, del propio cuerpo y de la existencia misma.

Un amo más implacable que todo amo viviente, el feroz Superyó, reclama satisfacciones cada vez más poderosas: ya no basta con que mates a uno o que le robes a uno, ya es necesario que mates y robes en grande.  Mientras se incuba más miedo a la morida,  se es más capaz de buscar inconscientemente una muerte rápida, sin apelaciones.  La violencia extrema es determinada por individuos capaces de pronunciar la orden sin que les tiemblen ni labios, ni manos ni piernas.  Porque determinar la muerte apacigua el sentimiento de angustia que acompaña el miedo a la morida y gran parte de su realización personal provino de haber sido capaces de hacer a un lado todo estorboso sentimiento de vergüenza pública y privada. La impiedad se gesta en la formación.

La muerte por violencia no procede más que de otro  ya  tomado por la morida.  Entre estos últimos se destacan los agonizantes.  Se cree a nivel popular que si a algo debe tenerse miedo es a la puntería del que agoniza y esto vale tanto para un individuo como para un sistema: los últimos copan de noticias cruenta la historia cuando llegan al final de su existencia.  Pero no basta.  También los regímenes en pleno desarrollo inicial suelen ser practicantes de medidas del terror: la debilidad, equivalente a la morida, dicta y ejecuta órdenes capaces de hacer temblar al más feroz. La violencia tiene los ingredientes mixtos de los dos extremos de la vida: el de la suprema impotencia cargada de imaginarios en gavilla y el de la suprema capacidad de ejercicio del poder, desde la cual se descarga con frialdad la orden de ejercer violencia contra uno o contra varios.  La primera está cercana de la dependencia absoluta de otro, la segunda cercana de la muerte misma.  En ambos casos el narcicismo reclama trato de majestad suprema, como bebé o como anciano millonario, a la manera de la Nona en La Oculta, de Abad Faciolince.

Lacan descifra la agresividad del lactante mayor justamente del pánico que provoca la escena de su hermanito siendo amamantado, en tanto que escena de lo que es morida, y así la exagerada apreciación de Agustín de Hipona queda circunscrita al ámbito de la agresividad. Lo visto, el invidere, no se expresa como deseo de retorno o de recuperación por lo perdido, sino como terror a regresar a un estado de muerte.  La muerte también es mortal, dirá el lactante mayor y saldrá entonces, deseante, al mundo.  Y tendrá que ser otra cosa, no la evolución biológica, lo que venga a promover la conversión de ese niño agresivo en asesino, en criminal o en soldado al servicio de la causa legal.  O en cirujano.  O en bombero.  O en escultor.

No hay tal mirada de asesino en lo que no es otra cosa que pánico a la muerte, escena que choca profundamente con la evocación de aquel estado de absoluta dependencia.  No hay tal envidia del mayor por lo que él menor le haya desalojado de una especie de Nirvana al que se desea volver, como lo ha leído la psicología académica, colocando palabras cultas a lo que la población desde siglos viene denominando “bajada del chirimoyo”, haciendo del asesino de San Agustín un mísero y resentido damnificado. Hay rabia, mucha rabia, contra la idea de volver a sucumbir a la fusión con la madre, sea esta doña fulana de tal, la madre tierra o el mismísimo Nirvana.

 

SI NO TEMES A DIOS, TÉMELE A LA SÍFILIS  O DEL MIEDO A ASISTIR AL PSIQUIATRA

 

Del Doctor José Félix Merizalde puede asegurarse todo menos que no fuera un hombre de Dios.  Fue él quien se encargó de prohibir el ingreso de enfermos de sífilis al Hospital San Juan de Dios en Bogotá, por considerar que se trataba de una enfermedad procedente del vicio y de las malas costumbres.  Tampoco podrían ingresar ni los alcohólicos ni las prostitutas.  Él solicitó a la Junta Administradora que  en la puerta del hospital se publicase el mismo aviso conminatorio del antiguo Hospital de la Salpetrière, en París: “si no temes a Dios, témele a la sífilis”.

Toda la segunda mitad del siglo XIX asistiría a la idea de que con el descubrimiento de la etiología de la Parálisis General Progresiva (nombre adjudicado a la sífilis en su tercer estadio, la neurosífilis) pronto se tendría claridad acerca de la etiología de las enfermedades mentales, solo era cuestión de tiempo mientras se desarrollaba la tecnología apropiada para conseguir el esclarecimiento definitivo.  La cosa no prosperó, como se sabe, en esta dirección, pero lo que quedó sin modificación alguna fue la correlación entre moral y enfermedad que hoy tiende a aprestigiarse nuevamente, de diversas maneras, tanto en el ámbito religioso como en el mismísimo ámbito médico.

“No se me gasten el Valium de los infartos en viejas histéricas” ordenaba nuestro jefe médico de urgencias cuando utilizábamos sedación con pacientes aquejadas de angustia generalizada o síndrome conversivo.  Quienes obedecían tal orden solían usar como “remedio” para con esas pacientes la inyección peri-umbilical de agua destilada (dolorosa como lo que más pueda producir dolor) o la aplicación de chorros de alcohol en las fosas nasales…  Se las castigaba… “por jodonas”.  Recordemos que el verbo “joder” entre nosotros es sinónimo de importunar, de molestar, de atosigar a otro y/o a otros. Nos obliga el hecho de saber esta publicación leída en otras regiones, en las que el verbo joder se refiere al coito.

Quien se afilie hoy a cualquier Empresa Prestadora de Servicios de salud si acepta ser fumador se expondrá a que en el futuro se restrinja la cobertura de males que se asocien con ese factor de riesgo y es probable que al final de sus días, si la asfixia le deja reclamar, se dará cuenta de que pagó mes a mes su cuenta todo para recibir la negativa de ser cubierto por el plan de salud “debido a su comportamiento arriesgado”.  Muerto en las puertas de la EPS, después de haber madrugado a conseguir el medicamento para su cardiopatía, el difunto incita a que la EPS se pronuncie y, en su pronunciamiento nos recuerde que era: ¿sifilítico? No: fumador.

Que a una enferma de cáncer de mama una profesional de la salud la interrogue acerca de si es que ha tenido una “mala” vida pasada y que ahora esté pagando como castigo por ella con su enfermedad; que a un enfermo mental el Pastor le asegure que lo suyo no es de médicos ni de psicoterapeutas sino de sanaciones y exorcismos porque lo que tiene es el diablo que lo ha poseído; que el chico oposicional, adolescente, sea juzgado como enfermo mental dados los genes que ha recibido de uno o de sus dos padres; que…

Si no temes a Dios, témele: al cigarrillo, al sexo, a los genes paternos y maternos, al cáncer,  al licor, a los planes de salud, al chicharrón, al mal comportamiento…

Al considerar que en los comportamientos humanos que se toman por desviaciones, se trata de antecedentes morales, la nueva industria se postula como vigilante, como responsable del ejercicio de aquella disciplina que sirva para ordenar la vida de los usuarios, a nombre de la satisfacción de sus derechos.  El conocido “es por su bien” se vuelve extra-domiciliario, profundizando la severidad del castigo con la contravención.

Si todas las enfermedades mentales obedecen a causas viciosas, a incumplimientos de la moral establecida, así se explica la renuencia creciente a consultar al psicólogo, al psiquiatra y, sobre todo, a los psicoanalistas (“que no piensan sino en eso”).  Pero en últimas ¿qué, si no la vida en pleno, es para los controladores, un asunto no moral?  Todo es moral, todo es ético, en esa socorrida e imperturbable asociación entre ética y moral, con que  han mantenido atados todos los asuntos relacionados con el vivir.

La morida en este caso está ocurriendo de tal modo que estás pagando por un servicio que, cuando vaya a requerir la contraprestación por lo que ya has pagado, te será negada.  Y te crees feliz, o por lo menos tranquilo, convencido de que cuentas con una póliza de salud.  Es la morida a la que dices temerle pero tomado como estás por ella gozas haciendo de tu ignorancia  sensación de bienestar.  Segunda razón para no asistir a un psicoanalista: darte cuenta de que desde hace rato pagas por ser un cadáver exquisito y los cadáveres no hablan.

 

POSCONFLICTO EN COLOMBIA ¿HORIZONTE DE ÉPOCA?

 

Y estás pagando la idea de que habrá un tiempo, el del llamado posconflicto… Lo que piden que hagas por lograrlo dirá de qué cocinado está hecho lo que te preparan como futuro: un futuro armónico, sin angustia…

La angustia se nos aparece, casi siempre, como aliada de la infelicidad: se nos dice que ella habla de nuestras falencias, de nuestras debilidades, de nuestras insolvencias.  Los precios que tenemos que pagar por que estamos forzados a elegir, a tomar decisiones.  Las huestes conformadas alrededor de los voceadores más chillones suelen ofrecer su anatomía como receptáculo para evitar la angustia ofreciendo la pertenencia a una causa común como lenitivo, como ansiolítico.

El posconflicto se promueve como el tiempo de la ausencia de conflicto, esto es, como el tiempo de la desaparición de los dramas propios de la existencia.  Visto de ese modo temamos lo que se avecina: la paz de los cementerios, territorios donde los cuerpos mantienen una relativa calma. El gobernador del departamento del Valle del Cauca lo aseguró en su intervención en el pasado Encuentro Internacional de Salud Pública, celebrado en la ciudad de Cali: debemos prepararnos para un tiempo en el que todo será armonía, acuerdo, consenso… ¡y el conflicto desaparecerá! Dirán que cito a un hombre simple, y es cierto, simplemente elegido por una mayoría calificada de votos en el Departamento del Valle.  Y ya hemos sentido los primeros pasos de esa concepción: a quienes defendemos la libertad de expresión nos acusan de apoyar a un semanario de caricaturas parisino, que no supo comportarse a la altura de esa armonía reclamada por los fundamentalistas, que por “tal razón” mereció el castigo recibido.

Nuestra apuesta es que de extenderse esta concepción como expectativa a lo que nos estamos viendo abocados es a la creación de un estado de mal humor pusilánime generalizado que conducirá, inevitablemente, a una situación peor que la vivida mientras existiera el conflicto armado.  A una prolongación de la morida, de la vida simplemente vivida en función de supervivencia diaria, a la procrastinación de la instauración de una sociedad que, como expresaba el maestro Estanislao Zuleta, antes que ansiar la eliminación del conflicto pondere el valor de alcanzar la madurez necesaria para asumirlo.

La angustia que advendrá será la propia de quien habiendo deseado algo fracasa en conseguirlo: el duelo no será la reacción a un bien perdido sino a un bien no alcanzado y lo inalcanzable no va estar definido cuantitativamente tanto como sí cualitativamente: si para los codiciosos de este país su codicia encontraba un límite en la existencia de grupos armados ideológicamente enemigos, la ausencia de estos no hará más que acelerar la codicia y, por tanto, la inequidad y todas las condiciones materiales que alimentaron las características del conflicto armado.

Repito: todo porque se asume posible una existencia sin angustia y sin contradicciones y se considera que el único modo de liquidarlas será mediante el establecimiento de un pensamiento único utilizado en beneficio de que el único que opere como sujeto sea el Estado que pone en acto ciegamente las órdenes de quienes en ese momento se considerará eximidos del temor a todo castigo, a toda limitación a su codicia.

Cuando del horizonte de época hace parte como tendencia fundamental la asociación entre el discurso científico oficial y el discurso religioso amparado y prohijado por el estado, esa asociación que coloca en la misma balanza, sin beneficio de discusión, las contribuciones de los genes o del demonio, ambos compartiendo la idea de la existencia de un determinismo único, que dejado de llamar inconsciente y modificado su nombre por la operación de lo políticamente correcto que hace del uso de los términos fábricas de realidades a tono con sus intereses, la acción del Estado será presentada como acción saludable, como forma de protección de sus asociados para que no se extienda la morbosa ocurrencia de la vida que está más allá de la simple supervivencia.

Para hacerse al poder, la burguesía apeló a las acciones organizadas por el Comité de Higiene Pública que dirigió a los revolucionarios anti-monarquistas durante la revolución francesa.  Ahora parece que para consolidarse como hegemónico, el poder burgués apela a la fabricación de ilusiones tales como las de la armonía posible, la ausencia de contradicciones y de contrariedades, supuesto componedor de las dificultades propias para la instauración de este ideal, vía asociación entre poderes laicos y eclesiásticos.

No es, por tanto, la ciencia, exclusiva ocupante del discurso autoritario de un Amo que es absolutista precisamente porque al lograr una cierta conciliación entre ciencia y fe, consigue que sus ciudadanos equiparen las acciones violentas de algunos fundamentalismos con la práctica de una libertad de expresión sin cortapisas ni sometimientos a los criterios imperantes de la real politik.

La obediencia es sistemática y la simpatía del oprimido con este rasgo del opresor se consigue prácticamente sin violencia: basta con que ocurra una consecuencia determinada como siniestra para inmediatamente poner en consideración la validez adjudicada a determinado proceder.   Así se ha procedido con respecto del SIDA haciendo que la mentalidad de muchos re-aprestigie los valores del mazdoqueismo católico acerca de la sexualidad y la peligrosidad de lo que se consideran sus desvíos, amén de que se trata de una enfermedad en la que se implica las exudaciones corporales y a la sexualidad.  Así con el terrorismo yihadista: la puesta en cuestión de la libertad de expresión a la que se le adjudica prácticamente la responsabilidad del acto criminal que la convierte en víctima.

Que el oprimido descubra su nítida simpatía con los valores de su opresor, no significa que deba admitir su conversión en víctima cuando dichos valores le son traducidos en actos gubernamentales.  Debe saber que los mismos están fortalecidos en buena parte por su negativa a considerarlos ajenos a su deseo y a su voluntad, pero esto no lo hace responsable de la acción que lo victimiza y amenaza con exterminarlo.  Lo hace dueño de un saber que reclama traducciones en los actos que deba llevar a cabo para detener el malestar que lo atribula.  Dejar de lado, en lo que lo concierne,  lo que alimenta la eficacia del agresor: testimoniar los efectos de haber descubierto que la culpa es del cerdo y su eficacia como tal, de quien lo alimenta.

Vivir más allá de la simple supervivencia, hablar más allá de la simple habladuría: acto y texto cuya coherencia no podrá obtenerse sino mediante un involucramiento total con la construcción de un horizonte de época que ponga en aprietos la hegemonía del discurso científico-religioso desde el cual se catapultaron todas las infamias de que fueron capaces manos criminales instigadas desde esa conciliación.  La entrada del capitalismo al campo se hizo tal y como lo describiera Marx: derramando sangre por todos los poros.  Las tierras arrebatadas a sus propietarios hoy son las grandes extensiones regidas por un modo de producción capitalista, con predominio de las relaciones sociales de ese modo de producción, en poder de altos funcionarios de las tres ramas del poder público y de empresarios privados  y con la ciencia y la fe describiendo, clasificando y orientando a los proletarios en que ha convertido a los antiguos pequeños propietarios, o más exactamente, a quienes les sobrevivieron después de caer bajo la consigna carnal de la metralla y la siniestra acción de la motosierra, a que repitan la canción que hizo famosa el grupo QUINTETO TIEMPO, de la Argentina:

El patrón está contento

Porque me ve religioso

Soñando con la otra vida

Y en esta comiendo poco…

Todo esto implica fortalecer en los diversos ámbitos de la vida pública y privada la introducción de modos de concebir la vida de relación, la vida amorosa, las identidades sexuales, la cultura ciudadana, la lucha por los derechos, la verdad, la justicia, la reparación…  Fortalecer significa no detenerse, no esperar que el amo conceda autorización para ejercer el derecho a pensar, a sentir y a obrar como se desea en ejercicio libre de adhesión a un pacto social que disponga para el amo actual, como destino necesario e inevitable, el de su imposibilidad para determinar los modos de vivir y de ejercer la ciudadanía como único rasero legítimo.

Si el psicoanálisis ha hecho a la cultura los grandes aportes que se le reconocen, quiero destacar dos de ellos de absoluta vigencia: En primer lugar, los modos como el pensamiento serio crea a través del chiste el acontecimiento que permite detectar lo inconsciente en su condición simultánea de efímero y de permanente.   En segundo lugar, pero no en orden de importancia, las virtudes de la asociación libre de ideas… libertad de pensamiento como condición para la verdad, por una parte, y liberarse del control a las ideas para que advenga esa verdad desde lo inconsciente.

Una verdad siniestra para quienes desean el retorno del ptolomeismo, la astrología, la teoría creacionista, el carlismo hispano y la reducción de la condición humana a la de mero subrogado del perro pavloviano…

Cuando se enteró de que sus libros estaban siendo quemados por la Gestapo, Freud no se ahorró el sarcasmo correspondiente: “¡Cómo hemos progresado!  ¡En la Edad Media me hubiera quemado a mí!”.  El asesinato de los trabajadores de Charlie Hebdó, y otros sucesos más cercanos a nuestro territorio, nos señalan que el progreso del sarcasmo tiende a desaparecer con el retorno de las prácticas inquisitoriales.

 

“LA MUERTE VIENE… TODO SERÁ POLVO”

 

En una reciente encuesta realizada en la ciudad de Cali con un grupo de jóvenes, se estableció que tres de cada cinco considera que la mujer debe volver al hogar… Tal vez sea un dato incidental pero que resuena.  Resuena por lo menos con el trato que se le confiere a la mujer por parte de todos los grupos fundamentalistas, armados o no, que ahora vociferan sus prescripciones casi hasta aturdirnos.  Resuena con los índices de feminicidios que se están cometiendo a diario en nuestros países y en los que muchas veces están involucrados los compañeros sentimentales de las mujeres asesinadas. Resuena con el retorno de la sacralización de la asexualidad femenina, predicada y practicada por muchas personas que derivan de ello más que mera satisfacción personal.  Resuena con la acusación a las mujeres abusadas de haber propiciado la violación por tal o cual cosa (vestimenta, modo de ser, etc.).  Y resuena, finalmente, con la más violenta y descarada impunidad que pareciera significar cierta complacencia de la autoridad en la ocurrencia de los crímenes que hacen de los más débiles sus víctimas.

Estamos atravesando por una forma de vivir que hace de eso que es nuestro único tiempo de existir y a lo que llamamos esta vida, que revela lo más siniestro de la condición humana llevada hasta la degradación absoluta de todo aquello que valorice la paz, la solidaridad y el deseo de prosperar.  Toda guerra es una guerra de reparto y las consideraciones acerca de la capacidad de matar que muchos han adquirido, no son sino racionalizaciones que procuran mantener oculta las verdaderas motivaciones omnipotentes que se incuban en el corazón de forajidos que se distribuyen en determinadores y perpetradores de asesinatos.

Pero al mismo tiempo, atravesamos por la permanencia de una convicción: la borgiana, la de que en todas las épocas a todos los hombres tocó vivir tiempos difíciles.  Y que la transmisión multiplicada de la tragedia que los medios difunden resulta catapultada al máximo por nuestra creencia de que siempre encontraremos cosas novedosas acerca de las cuales enterarnos.  Lo que nos lleva a depender en buena parte de esa notificación de la realidad que los medios aseguran brindar.

Otros modos de relacionarnos nos está brindando la tecnología.  Ya la hegemonía que los medios tenían para informarnos acerca de la realidad ha llegado a su fin. Tendremos que avanzar en hacernos a un lugar en esos nuevos modos de relación y establecer todo lo que ellos puedan brindarnos para sabernos capaces de aprender a vivir más allá de la supervivencia y a hablar más allá de la habladuría (Benasayag y Charlton).

Hacer que la nuestra no tenga que ser la morida de un pobre individuo como Belisario, que promete “contar” la verdad acerca de los sucesos del Palacio de Justicia (¡1985!).  Que un tipo al que se  tiene por pensador brillante tenga que acudir al expediente popular de que “no hay muerto malo”, nos indica que su identificación con el emperador Adriano no fue otra cosa que un síntoma de esa locura que lo ha llevado a ser mandatario al mismo tiempo que obsecuente servidor del hampa que lo obligó al silencio.  Pobre hombre.

2 Comments on “EL PÁNICO AL MIEDO: ¡QUÉ SUSTO!

SnowAddict
10 septiembre, 2017 at 4:10 pm

Interesante. Me ha encantado, muchas gracias.

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Esperanza
10 septiembre, 2017 at 5:26 pm

Interesante. Me ha encantado, muchas gracias.

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