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18 mayo, 2016

PENSANDO EN EL POST-ACUERDO. OCURRENCIAS II

Si deseamos avanzar hacia una meta deseada como es la de instaurar por fin el trámite pacífico de los conflictos que inevitablemente existirán por siempre, será obligatorio poner, en el centro de nuestra atención, de nuestras reflexiones y de nuestros actos, la idea de que en el campo de las víctimas también existe una estratificación que pondera al más poderoso como víctima absoluta y al más menesteroso como resentido social.

Que en función de lo primero haya quienes se enriquecieran haciendo pasar por acto legítimo lo que no fue otra cosa que codicia envuelta con el barniz de una venganza humanamente comprensible, significa que para los segundos no quedan otros caminos que el destierro, la cárcel o el exterminio.

Y por paz se entienda que los segundos no solamente obedezcan sino que admiren a los primeros y deleguen en ellos el manejo del interés común.

Lo que hemos descubierto a lo largo de estos años es la condensación del victimario y la víctima en un solo sujeto capaz de hacer pasar lo impropio de su proceder como acto legítimo.  No es un acto demencial, es un acto humano, mucho más popular que el aprecio por el dinero.  Por eso mismo debe ser puesto en la definición de una eticidad para el post-acuerdo: nadie, por más que haya sido herido en su ser más íntimo, podrá justificar su venganza como acto de justicia.

Como tampoco nadie, por más menesterosa que sea su existencia, podrá justificar sus actos de violencia como maneras expeditas de hacer justicia.

En cada uno habitan ángeles y demonios: la negación deliberada de cualquiera de ellos, redundará, inevitablemente, en la sostenibilidad del ejercicio de la violencia como forma de resolver los conflictos.

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