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9 junio, 2016

PENSANDO EN EL POSTACUERDO. OCURRENCIAS III

Permitámonos imaginar una representación fotográfica: Juan Manuel Santos, Alvaro Uribe y  Rodrigo Londoño Echeverri posan para el fotógrafo dando de sí la versión de sonrisa que cada uno cree responde a la solicitada por el fotógrafo y el productor.  Será portada de todos los impresos que circulan en el país y de muchos en el exterior.  Al fondo, en la pared, colgará un cuadro de Botero, tal vez su cuadro “Crucifixión con soldado”, o alguno otro, tal vez “La Monalisa a los 12 años”.

En fin: en la imaginación no todo es representable aunque tengamos la ilusión de creer que todo es posible.

¿Qué es común a esos tres personajes de nuestra vida local?  Extensiva a la imaginación podemos entrever, entonces, aquello que les es común: un público.  Un público compuesto por seguidores, detractores e indiferentes.  Lo que en realidad en estos momentos todos somos.  Un público que accede a tener conciencia de a quién apoya y a quién critica, a quién sigue y a quién no.  Un público que lo es en tanto conviene en tolerar la existencia de divergencias y su trámite civilizado, el cuadro lo atestigua y lo confirma.

Pero, más allá de la imaginación (o más acá, como se quiera) qué tal si esta vez no imaginamos sino que introducimos pensamiento al respecto de aquello que sin estar presente físicamente se nos insinúa a partir de que los personajes retratados sonríen para alguien.

Entonces hagámoslo.

Del trámite no civilizado de las divergencias nos ha quedado una herencia que muy pocos desean abordar, la concepción según la cual los seres humanos somos seres maravillosos en la gran mayoría pero que la porfía de unos cuantos, capaces de todo, ha hecho imposible la coexistencia y la armonía y buscan acabar con los valores universales que rigen para la humanidad entera esa que se agrupa, sin distingo alguno, en el canto del Himno de la Alegría.

Que por esto mismo es que sucedió la guerra, cada quien pregonando la suya como violencia necesaria y obligatoria contra la agresión del otro. Cada quien, por supuesto, colocándose del lado de los justos al tiempo que postulándose paladín de la lucha contra los injustos.   Y cada quien lamentando, bajo el eufemismo de “daños colaterales”, la muerte de seres inocentes en la contienda.

Desde el neoliberal más sectario hasta el más robinhoodesco de los contendientes, ninguno reconoció (mientras se abastecían  con el concurso de seres humanos funcionales a sus intereses y capaces de dar lo peor de sí para conseguir los fines buscados) el innegable nexo entre el odio y el placer que anidaba en sus corazones.  Entre todos compartiendo una negación deliberada, la de que no hay causa perdida… (Uribe V., Alvaro.  No hay causa perdida.  Penguin Group, 2012) y contribuyendo al escalamiento de la confrontación validos de una consigna que ha operado a la vez como promesa para sus respectivos seguidores.

En medio de la confrontación, ese público no visible en el retrato que imaginamos, se entretenía, es decir, se deleitaba, haciéndose espectador de dramatizados acerca de esos personajes capaces de todo, como si de sus macabras acciones quisiera hacerse una verdadera épica profana.  Noche tras noche, los niveles de sintonía se concentraban en las programadoras respectivas cada una compitiendo con la otra en materia de cuál de las dos capturaba mayor atención de público.

Y entonces esa idea según la cual somos una sociedad civilizada amenazada por la injuria de otros, o una sociedad explotada amenazada por la injuria de los victimarios, en fin, esa idea encontraba en la fascinación con el espectáculo que elevaba la degradación al nivel de una epopeya criolla, un tremendo obstáculo como para seguirla manteniendo, haciendo grietas por todas partes y permitiéndonos inferir conclusiones no del todo optimistas pero no por ello impensables.

Y es lo que hace hilo común al público que convoca, en la civilidad, opiniones divergentes: la de que el interés por esas representaciones dramatizadas de los criminales, procede del hecho de que todos y cada uno de nosotros anidamos en nuestra alma el deseo de actuar como tales, siendo ellos mismos representación de un deseo propio, de cada cual, por el cual facilitamos su metamorfosis de villanos en héroes.

Cualquier practicante de videojuegos puede explicárnoslo mejor: poder ser el villano que no se puede ser en la realidad, es realizar un sueño, un anhelo, un deseo.  En el videojuego el jugador logra ser eso qué está inextricablemente ligado con su ser, que es él mismo haciendo caso omiso de toda domesticación conductual o de toda educación civilizadoras.

Y mientras no arriesguemos a reconocernos en esa condición, nuestra estulticia, combinada con la necesaria y adecuada dosis de cobardía y crueldad, seguirá delegando en otros la misión de llevar a cabo aquello que deseamos desde el fondo de nuestro ser.

Puedo imaginar ya mismo una revuelta contra este modo de pensar: salvajes sí, pero buenos en el fondo, la culpa viene de afuera.

Un posible postacuerdo tendrá que admitir que sí existe una causa perdida, aquella que nos revela, habitantes ilusorios de una memoria interesada, como dioses destronados que desean recuperar el trono perdido.

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