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12 agosto, 2016

Un Debate aplazado, una Polémica necesaria




Publicación tomada de la Revista Pensamiento y Psicoanálisis, No. 8

http://pensamientoypsicoanalisis.com/wp-content/uploads/2014/08/Revista-8-Optimizada1.pdf

“Como Freud siempre lo subrayó, cada caso deber ser estudiado en su particularidad como si ignorásemos la teoría. El valor ejemplar de este caso particular reside en su simplicidad, del mismo modo que en geometría puede decirse que un caso particular puede tener una deslumbrante superioridad de evidencia en relación a la demostración, cuya verdad, debido a su carácter discursivo, permanecerá velada bajo las tinieblas de una larga serie de deducciones.”

Jacques Lacan. El mito individual del neurótico.

Por Eduardo Botero Toro

A casi cien años de cumplirse la escritura de la obra de Freud titulada Duelo y melancolía[1], bien vale la pena que nos preguntemos acerca de la vigencia de un ensayo que, para muchos, se encuentra en el pie de página de todos los escritos referidos al tema del duelo, en diferentes enfoques, en Occidente desde su publicación en 1917. Muchos comparan este impacto fenomenal con el de la obra de Platón y hay quien asegura que toda la filosofía no es más que una escritura al pie de página de la obra del genial griego.[2]

La antropología, la sociología, la psicología, la medicina, las disciplinas forenses, en fin, todo un listado de ellas dan testimonio, a lo largo de múltiples publicaciones, de la determinación conceptual que ese trabajo de Freud ejerce sobre sus autores; ni qué decir de todas las tecnologías del yo que amparan su proceder psicoterapéutico en las concepciones emanadas de dicho trabajo tanto para discernir la comprensión del duelo mismo como en establecer cuándo se considera que el duelo es normal o es patológico, cuándo se considera que ha sido debidamente elaborado, cuándo no, y qué efectos tendrá sobre el sujeto cada uno de los destinos que se estipule al respecto.

Ninguna de las múltiples escuelas psicoanalíticas que existen en el mundo occidental, soslaya el abordaje de Duelo y melancolía dentro de sus planes de estudio y aquellos teóricos que han asumido modificaciones de fundamentos psicoanalíticos determinados que debían concluir en modos de concepción diferentes acerca del duelo, prácticamente soslayaron explicitar esas consecuencias, como veremos más adelante.

Una cierta unanimidad con respecto de la obra sumada a ese pudor teórico de quienes habiendo modificado conceptos fundamentales debían haber concluido de otra manera al teorizar acerca del duelo, ha llamado la atención de algunos autores, entre ellos, Jean Allouch, quien en su Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca[3] realiza una exhaustiva labor analítica acerca de dicha obra freudiana y del acontecimiento que inaugura y se sostiene hasta la fecha, después de su publicación.

No pretendo con estas notas profundizar en el debate que Allouch ofrece a la concepción del duelo que se postula en la muy citada obra de Sigmund Freud. Quiero si desarrollar probables respuestas a la preguntas acerca de las implicaciones que dicho debate tiene en nuestra propia experiencia toda vez que, como comunidad, nos vemos abocados a lo que se ha denominado el “post-conflicto”, alusión a una temporalidad en que se espera que la verdad, la justicia y la reparación constituyan los imprescindibles ejes alrededor de los cuales deben someterse todas aquellas estrategias “psicosociales” que invoquen el auxilio del psicoanálisis como guía de su puesta en práctica.

Entre nosotros se trata de llevar a cabo un debate que ha sido dejado de lado no por otra razón que esa costumbre con la que nos hemos ido familiarizando poco a poco y que le concede al ideal de lopolíticamente correcto una supremacía que fácilmente ha adoptado la academia por esa velocidad con la que el conformismo se alía con la noción de educación como negocio y de pensamiento sometido a lo que, omnipotentemente se postula basado en la evidencia[4]. No dejan de producirse recomendaciones al tenor de concepciones que ameritan debate y polémica permanentemente. Recordamos que hace unos años[5] y en referencia a las víctimas del conflicto armado, hubo quien recomendara que era necesario considerar a todos ellos deprimidos (Trastorno afectivo mayor, en la nomenclatura DSM) y que, por tanto, debían conducirse a iniciar tratamientos para tales efectos, probablemente inhibidores de la recaptación de serotonina, cosa que caía demasiado bien en los laboratorios farmacéuticos que alcanzaron a aprestarse para participar de las correspondientes licitaciones convocadas por el estado para tales efectos… humanitarios.

No será tampoco este el lugar para una discusión acerca de lo normal y lo patológico: sin embargo, el llamado postconflicto y, particularmente el diagnóstico más socorrido durante este tiempo, el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT), tienen un parentesco -podemos asegurar que de sangre– con ese estado denominado “el duelo”, que para la mayor parte de profesionales en occidente se le considera estado normal aunque no falten quienes comiencen a considerarlo, en las nuevas disquisiciones psicopatológicas al tenor del DSM V, si no un estado patológico, sí por lo menos un estado que conducirá inexorablemente a la enfermedad si no es tratado como sus cánones mandan. Es posible asegurar que esas vacilaciones de algún modo se relacionan con la forma en que se ha asumido el estudio de Duelo y Melancolía, aunque también apelan a las nuevas hipótesis que, sobre todo desde el campo de la neuropsiquiatría, sostienen la existencia de mecanismos fisiopatológicos semejantes para el duelo como para los trastornos afectivos mayores.

De ahí, pues, la pertinencia de presentar el debate que Allouch realiza con Duelo y Melancolía, sobre todo si convenimos con el primero en asegurar que en dicho trabajo Freud renuncia a la singularidad de la clínica psicoanalítica para optar por la exigencia de generalización propia de la clínica psiquiátrica, en una concesión que francamente dirá menos del duelo como sí de la melancolía y que lo llevará a una conclusión exclusivamente médica acerca de lo que significa su elaboración de un duelo y su resolución definitivas.

Las premisas de “duelo y melancolía”

Hoy en día, insistamos, prácticamente nadie que tenga que ver con el abordaje clínico o teórico del tema, soslaya la invocación de Duelo y Melancolía, pero muy pocos se dedican a estudiarlo en una dirección que se excluya del afán de obediencia al magister dixit (versión del Roma locuta, causa finita) y hacer de ese estudio motivo de reflexión acerca de sus límites, de los obstáculos con que el lector puede encontrarse, de las contradicciones que plantea con la teoría desde la cual dice el autor que lo ha formulado, etc.

Y esa ausencia de lectura crítica suele acompañar la tendencia a repetir de manera ligera un decir y justificar su verdad dado el autor que lo ha pronunciado: en otras palabras, esa pasarela no de la moda corporal sino de la moda intelectual que es hoy en día la Universidad –y sucedáneos suyos-, “compra” fácilmente el proceder y lo destila en requisito curricular para hacer creer que el tema ha sido debidamente estudiado y que quien “pase” la materia está en condiciones de ofrecerse como experto en dicho tema. Una clientela aburrida parece ser el peor enemigo de una administración académica eficiente que como maternal directiva de sala cuna, rápidamente enderezará el rumbo y lo volverá cauce manso, tibio e infecundo, para mayor gloria de unos empleadores necesitados de mano de obra barata y acrítica a su servicio.[6]

Jones recuerda que el trabajo fue presentado a la sociedad de los miércoles en 1914, tanto en enero como en diciembre se ese año, estamos pues celebrando ya los cien años de diseñar su boceto y de presentarlo públicamente ante el círculo de estudios de Viena. James Strachey comienza con esta noticia, en la página 237, su presentación introductoria del trabajo, publicado en el tomo XIV de las obras completas de Amorrortu Editores. El primer borrador lo escribe en 1915 y lo envía a Abraham, quien lo devuelve con extensos comentarios, para escribir la versión definitiva a finales de 1915 y publicarlo dos años después. Este trabajo coincide temporalmente con la primera Gran Guerra, esa en la que dos hijos de Freud se han enrolado y con la que Freud muestra una gran decepción toda vez que la misma confronta dos países, Gran Bretaña y Alemania, por cuyas culturas Freud reconoce sentir gran admiración.

Debemos recordar el comienzo del trabajo:

Después de habernos servido del sueño como modelo normal de las perturbaciones mentales narcisistas, vamos a intentar esclarecer la esencia de la melancolía, comparándola con el duelo, afecto normal paralelo a ella.[7]

Al apercibir esta presentación es que para muchos resulta curioso que el texto se haya vuelto vicario de las teorías del duelo y no de la intención en él esbozada, esto es, discernir la metapsicología de la Melancolía a partir de su comparación con el duelo, tal y como se procedió con las neurosis narcisistas (psicosis) a partir del sueño como modelo normal de las mismas.

Mas lo que viene a continuación es lo que, justamente, resulta contradictorio con un método que hasta el momento de esa escritura se había abierto paso contrariando el proceder positivista de otros en lo que a la investigación clínica se refiere. Citemos:

Pero esta vez hemos de anticipar una confesión, que ha de evitarnos conceder un valor exagerado a nuestros resultados. La melancolía, cuyo concepto no ha sido aun fijamente determinado, ni siquiera en la Psiquiatría descriptiva, muestra diversas formas clínicas, a las que no se ha logrado reducir todavía a una unidad, y entre las cuales hay algunas que recuerdan más las afecciones somáticas que las psicógenas. Abstracción hecha de algunas impresiones, asequibles a todo observador, se limita nuestro material a un pequeño número de casos sobre cuya naturaleza psicógena no cabía duda. Así, pues, nuestros resultados no aspiran a una validez general; pero nos consolaremos pensando que con nuestros actuales medios de investigación no podemos hallar nada que no sea típico, sino de toda una clase de afecciones, por lo menos de un grupo más limitado.[8]

Aunque hemos de reconocer la existencia de una variación radical en los términos, pues la psiquiatría concibe la normalidad a partir de la comprensión de la patología, o por lo menos así procedió durante su fundación y su instalación como modelo hegemónico, y aquí, en este texto, Freud está diciendo que es a partir de la comprensión de lo normal desde la cual se pueden establecer analogías que contribuyan al esclarecimiento de lo patológico. No obstante, al señalar que los resultados no pueden aspirar a una validez general dado el número restringido de casos en que se apoya la investigación, contradice el método empleado para el abordaje del estudio de las neurosis en el que no se aspiraba a conclusiones de validez general y la clínica estaba definida a partir del estudio de “caso por caso”, en la búsqueda lo universal a partir de su singularidad.

De entrada pues, el texto ofrece elementos propicios para interrogarlo en sus puntos de partida y, así mismo, para preguntarse qué tanto de las conclusiones acerca de la resolución de los duelos, proceden inequívocamente de dichas premisas. En otras palabras, no pueden esperarse conclusiones psicoanalíticas de una temática formulada en términos no psicoanalíticos, más precisamente, médicos.

Lo dicho y lo ausente en y después de duelo y melancolía

Es preciso que señalemos además qué es lo que está ausente del texto y en quienes se apoyan en la actualidad en él. Refiriéndose a los alcances que el escrito tiene en los modos de abordaje del duelo en la contemporaneidad, Allouch sostiene que el “extremismo de la medicalización” se corresponde con aquello que, desde el punto de vista del psicoanálisis mismo, ha sido dejado de lado:

Esa lista no es tan corta. Preso de la trinidad niño / neurótico / salvaje, Freud no tuvo en cuenta las variaciones históricas del duelo ni de la relación con la muerte, y bien… tampoco se tienen en cuenta. Freud no se pregunta en qué se ha convertido el muerto (particularmente, si hay o no un cambio de su estatuto en determinado momento del duelo), tampoco se lo preguntan. Freud no habla de los espectros, se guarda silencio sobre ellos. Freud no plantea el problema de las segundas exequias, se deja eso igualmente de lado. Freud no dice nada sobre el tiempo del duelo, tampoco se dice nada al respecto. Freud piensa el duelo sin la necrofilia, se hace lo mismo. Freud trata por separado el problema del duelo y el de la transmisión, se reitera sin siquiera notarlo dicha separación no válida. Freud deja de lado la función del público en el duelo, todos se meten en el mismo atolladero. Freud no estudia la persecución que está implicada en el duelo, se mantienen desvinculadas ambas cuestiones. Freud no considera el duelo en el horizonte de una pérdida a secas, tampoco se lo hace. Freud no aborda verdaderamente el duelo en cuanto experiencia erótica, también se eximen de hacerlo. Esta lista no exhaustiva subraya la prolongación, sostenida durante ochenta años, del aislamiento (Isolieren o Isolierung freudiano) en el que se mantuvo la versión freudiana del duelo.[9]

Todo esto pone de presente lo que el uso del texto ha considerado pertinente destacar, tanto en lo que repite como en lo que omite. Que tendamos a escamotear lo que hay de confuso en el texto no puede menos que llamarnos a sospechar algo del orden de nuestra relación con el mismo así como de nuestro deseo de analistas deseo que también por su obra podrá conocerse… La obra: el modo de abordar una temática desde un punto de vista que siempre estableció la historicidad del acontecimiento como un eje central del método. Si mucho de lo metapsicológico es posible de establecer solamente en un después, tardíamente y sin que por ello resulte evitable el volver a revisarlo nuevamente, resulta destacable añorar la ausencia de una validez universal acerca de una temática determinada y, mucho menos, la ausencia de “suficiente número de casos” en la cual ampararla.

No será aquí que se establezca un porqué: Primera Gran Guerra, Jung, la problemática del narcisismo, el caso (ojo: uno solo) que contradice la teoría psicoanalítica sobre la paranoia (basada en el estudio de la obra de Schreber, un solo caso…), en fin, cuántas cosas y temáticas podrán en algún momento explicar que Freud se haya apartado de su método de manera significativa para abordar una temática que en el campo del estudio de las psicosis suele ser poco citada como si la melancolía no fuera su forma extrema con todo el necesario apartamiento de la realidad y su transformación por un delirio de reemplazo…

Lo más elocuente ha sido, sin duda, el silencio en que se ha mantenido toda obra crítica con respecto de DUELO Y MELANCOLÍA. Allouch cita por lo menos tres autores, Geoffrey Gorer, autor de dos trabajos en el seno del movimiento psicoanalítico (“Pornografía de la Muerte” y “Teorías vigentes y recientes sobre el duelo, datos actuales”), Philippe Ariès (“El Hombre ante la Muerte”) y Giorgio Agamben (“Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental”). Y los señala para preguntar quién ha discutido esos trabajos mencionados. Ese silencio denota una especie de encierro paraDuelo y Melancolía, algo más que simple falta de disponibilidad, elevación del ensayo a la condición de tabú. Para lo que existe una segunda prueba y es que a pesar de la existencia de diferentes escuelas en el seno del movimiento freudiano, a pesar de muchas de ellas cuestionar ciertos elementos de la metapsicología, no se atreven a entablar explícitamente debate alguno con la obra, contentándose con una excesiva prudencia que, para Allouch, inevitablemente se vuelve contra ellos mismos. Así por ejemplo, Melanie Klein sitúa al final del duelo la constitución del objeto perdido, mientras que Freud lo sitúa al comienzo del trabajo de duelo. Melanie Klein, a diferencia de Freud, considera el duelo como una enfermedad, solo que por el hecho de ser común nos hace creer que no lo es… Y se puede avanzar en diferenciar a Lacan también y a Bowlby… prudentes frente al ensayo.

¡Un texto psicoanalítico –y no cualquiera digámoslo- haciendo las veces de tabú para los psicoanalistas mismos!

Es lo que va a resultar llamativo, entonces: cómo es que este texto se convirtió en lo que se convirtió en occidente y efectos como los mencionados se produjeron en el campo psicoanalítico con esta obra. La versión freudiana del duelo se convirtió en la versión, en general, del duelo, en Occidente.[10] Y es llamativo el hecho de que lo consiguió fruto precisamente de abolir en su construcción todo lo erótico que estaba en juego, como si el ensayo hiciera una concesión a todos aquellos que sostenían admisible el psicoanálisis a condición de que desestimase la importancia que atribuía a “lo sexual” (¿Jung? ¿La Medicina? ¿La Psiquiatría? ¿La sociología?).

En donde se esperaba una clínica psicoanalítica del duelo vino a imponerse otra clínica, la psiquiátrica.

Cero historia, cero contexto

De hecho, a la ausencia de considerar las variaciones históricas del duelo, se suma el ignorar la historia del propio método psicoanalítico, en tanto que Freud avanza por fuera de la clínica que es clínica del caso y que, de hecho, es clínica histórica. Los historiales clínicos de Freud son ejemplares a ese respecto por este motivo es que resulta elocuente su silencio aquí, en Duelo y Melancolía y su reemplazo por otra clase de clínica, la psiquiátrica.

La formulación, el borrador, la redacción definitiva y la publicación de Duelo y Melancolía es contemporánea la primera Gran Guerra, que va de 1914 a 1918: notas iniciales en 1914, primer borrador en 1915, publicación en 1917. Y es en ese acontecimiento que el historiador Philippe Ariès sitúa la desaparición de la muerte romántica y el ascenso de la muerte seca.

(…)El duelo medieval y moderno era más social que individual. La ayuda del superviviente no era ni su único objetivo ni su objetivo primero. El duelo expresaba la angustia de la comunidad visitada por la muerte, mancillada por su paso, debilitada por la pérdida de uno de sus miembros. Vociferaba para que la muerte no volviese, para que se alejara… (…) Fue este el duelo que en el siglo XIX se encargó de otra función, sin que lo parezca. (…) apareció cada vez más como el medio de expresión de una pena inmensa, la posibilidad, para el entorno, de compartir esa pena y de socorrer al superviviente. Esa transformación del duelo fue tal que rápidamente se olvidó lo reciente que era: pronto se convirtió en una naturaleza y como tal sirvió de referencia a los psicólogos del siglo XIX.
(…) Todos hemos sido transformados, de grado o por fuerza, por la gran revolución romántica del sentimiento. Ha creado entre nosotros y los otros lazos cuya ruptura nos parece impensable e intolerable. Fue por tanto esta primera generación romántica la que primero rechazó la muerte.
(…) Y al mismo tiempo, por otras razones, la sociedad no soporta ya la vista de las cosas de la muerte, y por consiguiente ni la del cuerpo del muerto ni la de los parientes que lo lloran. El superviviente queda aplastado por tanto entre el peso de su pena y el de la prohibición de la sociedad.[11]

Por otra parte Freud había delegado en Jung la conquista de la comprensión psicoanalítica de las psicosis, así como él había conseguido la de las neurosis. Y notablemente, esto que tiene que ver con una historia, la de la transmisión que es puesta de soslayo al escoger precisamente lo que la escuela suiza tenía por tradición, sus contribuciones al estudio de la esquizofrenia con Bleuler, creador de este término en reemplazo del krapeliano de Demencia Praecox: su concepción de la Melancolía, amparado en una clínica pobremente expuesta en el ensayo. El propósito de Freud, pues, repitámoslo, no era estudiar el duelo como si servirse de su comprensión para profundizar en la de la melancolía.

Clínica psicoanalítica, clínica psiquiátrica

Digamos de paso algo que nos llama la atención y que es la poca referencia que se hace a Duelo y Melancolía en los estudios psicoanalíticos acerca de las psicosis, cuando Jones mismo consideraba que ese trabajo era el intento más acabado de Freud de discutir las implicaciones metapsicológicas de las psicosis. Hemos hecho revisiones del tema y presentaciones de caso en que los textos mencionados como aquellos que representan el trabajo freudiano acerca de las psicosis y prácticamente ninguno considera a Duelo y Melancolía como pertinente. Como si la clínica psicoanalítica hubiese importado de la clínica psiquiátrica la división entre pensamiento y afecto y que en las nomenclaturas médicas se expresa como división tajante entre Psicosis y Trastornos Afectivos Mayores.

Pero a pesar de lo señalado por Jones lo cierto es que el trabajo se convirtió en un referente no del estudio metapsicológico de la melancolía sino del duelo. Dice Allouch:

Este fue pues un primer malentendido: aquello que para Freud al escribir ese texto se consideraba ya explicado, ha sido tomado como lo que explicaba. Cuando a partir de algo conocido (el duelo) se iba a comprender algo desconocido (la melancolía), se convirtió lo conocido (el duelo) en el conocimiento de algo desconocido (el duelo). En tales condiciones, donde de algún modo el duelo ha sustituido a la melancolía, resultará menos sorprendente que la versión freudiana del duelo haya sido de entrada no crítica.[12]

Y agregará en nota al pié de página lo siguiente:

Así vemos que a menudo la frase acerca de la famosa ‘sombra del objeto cayendo sobre el yo’ es referida al duelo, cuando para Freud ese fenómeno es de la manera más explícita uno de los rasgos característicos de la melancolía dentro de la elaboración de su metapsicología.[13]

Ahora bien, la clínica psicoanalítica, ya lo hemos advertido, a diferencia de la clínica psiquiátrica es la clínica del caso por caso. La experiencia y los límites del método psicoanalítico explican la verdad conseguida, por ejemplo, en los casos clínicos presentados por Freud, pero también en el caso Schreber que no dependió nunca del hecho de referirse a una obra escrita por el enfermo que así mismos se denominaba su autor…

La palabra síntoma en psiquiatría no es asimilable a la denotación que tiene en psicoanálisis, que se refiere a lo que insiste en lo real en tanto que significante que no ha sido simbolizado. Lo que escoge Freud para comparar duelo y melancolía es una serie de datos (para Allouch “clásicos e incluso banales”, p. 64).

Allouch cita a Freud:

La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón (…) profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo.[14]




Allouch pasa a considerar uno por uno lo que llama “rasgos”:

1. Alteración del humor. ¿Cómo pasar por alto el hecho de que con el concepto de humor estamos ante los vestigios de una medicina que ya es obsoleta?
2. Cancelación del interés por el mundo exterior. Frente a tales afirmaciones, nos hemos vuelto más que desconfiados: no porque alguien declare que ya no tiene interés por el supuesto “mundo exterior” el médico está obligado a seguirlo, ni mucho menos reiterar en sus términos y así avalar “científicamente” su afirmación.
• Pérdida de la capacidad de amar. Podemos poner en duda que amar sea una capacidad, que dependa de la lógica infantil: “¿Eres capaz o no eres capaz?” También cabe dudar que el melancólico no ame; si así fuera, ¿cómo dar cuenta del tan exactamente llamado “suicidio altruista” que el melancólico se inflige con miras a la protección de sus allegados?

1. Inhibición de toda productividad. He aquí particularmente un rasgo que tiene poco de ingenuo y un escaso valor descriptivo; más aún, dicho rasgo es elaborado en gran medida por el médico –en su artículo de 1912, Abraham había concluido: “(…) la psicosis depresiva es esencialmente una inhibición psíquica generalizada”, y sólo la referencia a ese trabajo justifica que Freud no incorpore el punto IV en el punto II, donde sin embargo podría ubicarse perfectamente si no hubiera más de descripción de este punto IV.
2. Rebaja del sentimiento de sí exteriorizado en autorreproches y autodenigraciones. Esta vez en cambio la ingenuidad nos deja pasmados: no fue ayer, sin embargo, cuando la dirección de conciencia señaló que autodenigrarse o cubrirse de reproches puede equivales al pecado de orgullo.[15]

Son estos, pues, los rasgos que Freud destaca para comparar la Melancolía con el Duelo, señalando que duelo y melancolía son iguales a excepción del punto V. Aunque manifiesta reservas al respecto que también señalará Allouch:

I’. Sólo en este punto (vale decir: aparte del nivel global) Freud menciona una identidad: “el mismo humor dolido”.
II’. La pérdida del interés por el mundo exterior difiere, pues en el caso el (¡sic!) duelo exceptuaría todo lo relativo a la parte del mundo que atañe al difunto (si se trata de alguien con quien el enlutado vivió, digamos, el tiempo de una generación, ¡se supone que esa parte sea importante!
III’. La pérdida de la capacidad de amar también difiere, pues como aclara Freud al respecto, en quien está de duelo, amar equivaldría a “reemplazar a aquel cuyo luto se lleva”.
IV’. En cuanto a la inhibición de la actividad, es objeto de la misma restricción señalada en el punto II.[16]

La conclusión de Allouch es inmediata:

Puede verse que la aproximación de ambos cuadros compuestos de cosas heterogéneas es también bastante deficiente. Esa será pues la base de la construcción metapsicológica, una clínica desligada de lo que para nosotros constituye la especificidad y el interés de la clínica analítica, el estudio sostenido del caso en su singularidad.[17]

Consecuencias en secuencia

Con lo anterior entonces, la clínica del duelo y la metapsicología en DUELO Y MELANCOLÍA, no es una clínica analítica lo cual, según Allouch, conduce a ser tomados (invade, escribe) por una sospecha “que no es posible callar”:
La misma versión del duelo transmitida por “Duelo y Melancolía” (y no solamente la clínica que la sostiene), ¿no sería también “médica” en el sentido en que lo médico, en su modernidad, se convierte en discurso de la norma?[18]

Lo que preside toda la elaboración es que Freud plantea un recorrido que termina en un final feliz, en una curación médica ideal. Allouch, hace su síntesis, sin ahorrar ironía (recuérdese su mención de la lógica infantil…) del “mecanismo”:

En “Duelo y melancolía”, hay un esquema narrativo bastante simple. Había una vez un objeto investido libidinalmente. Alcanzado por la muerte, el objeto adquiere estatuto de objeto perdido en la realidad. Le corresponde entonces al yo liberar su libido de ese objeto perdido (p. 250 de la edición francesa). ¡Y bien, eso es posible! En efecto, al no poder mantenerse indefinidamente la nueva situación donde el yo, como el maníaco, se vuelve “voraz a la búsqueda de nuevas investiduras de objeto” (p. 252), aparece la solución gracias a la colocación de esa libido en un nuevo objeto (el objeto sustitutivo), que se beneficiaría así exactamente con las investiduras que, hasta la fecha de su muerte, estaban ubicadas en el objeto ahora inaccesible.[19]

Entonces lo que llama solución final, no es otra que la restitutio ad integrum, o solución médica ideal. En otras palabras: el sujeto se comportará como si no hubiese perdido el objeto. Tiene que ser algo de muy difícil comprobación pensar que es posible asumir, así no más, el reemplazo de una persona amada (o de un bien perdido, por ejemplo la tierra, o de un ideal, o de una etapa de la vida, o de una capacidad sensorial…). Lo que vale para que Allouch se pregunte:

¿Qué concepción se tiene del amor para que pueda considerarse posible semejante reemplazo?[20]

Y la comparación de Freud no deja de suscitar más asombro e ironía: ¡el novio que abandona a su novia sería el ejemplo del objeto sustituible!
Para Jean Allouch el resultado es que el duelo se hizo omnipresente hasta el punto que la noción de “trabajo de duelo” se ha convertido en una banalidad. Duelo y Melancolía sería una tentativa psicoanalítica para mantener esa noción de muerte romántica precisamente en el momento en que se estaba transformando en muerte seca, durante esa primera gran guerra que, como toda guerra, produce la proliferación de la muerte de hijos, al contrario de lo que acontecería en tiempos de paz, donde tendría a predominar la muerte de viejos, de los padres. Muerte seca, es decir, sin lágrimas, sin rituales, sin pompas y bajo la premisa de que es preciso seguir viviendo (entre nosotros: “el muerto al hoyo y el vivo al baile”)[21]

Toda la mentalidad teórica y terapéutica del duelo en la actualidad se basa en la idea de que la normalidad del duelo deviene de la posibilidad de convertir en sustituible al objeto que se ha perdido. Una mujer que pierde al marido con el que ha tenido cuatro hijos, difícilmente podrá reemplazarlo, a su muerte, por otro con el que repetirá la misma historia… La ironía, adaptada, es de Allouch para señalar la imposible analogía del objeto esposo con el objeto novio… Quien no se atenga a realizar esa sustitución deberá atenerse a las consecuencias: entre otras, a convertirse en enfermo mental, melancólico. Esto coloca a la noción freudiana del lado de la negación de la muerte, propia de los tiempos de la muerte seca, pues, la sustitución del objeto perdido, apunta a colocar un remedio allí donde resonaría una falta constitutiva fundamental.

Antes de seguir adelante, Allouch insistirá en que se trata de una contradicción flagrante:

Freud intenta resolver el problema del objeto amado tomado como objeto sustitutivo, no obstante se trata de un truco y de un forzamiento. Tal sería la perspectiva de la restitutio ad integrum que, dígase lo que se diga, plantea el duelo como una enfermedad, abre el camino que tomará Melanie Klein y cuyo desenlace se aguarda pronto bajo la forma (hasta entonces inoperante) del medicamente anti-duelo. Lo cual confirma que la versión del duelo que propone deriva de lo médico. Pero dicha clínica restitutiva no era decididamente la suya. Hay una discordancia entre la noción de objeto implicada especialmente en “Duelo y melancolía” y la que Freud sostendrá en otros lugares, y que subrayará Lacan, la noción de un objeto fundamentalmente, esencialmente perdido.[22]

Si el destino de la elaboración de un duelo es imprescriptible, y de cada elaboración dará cuenta la clínica de cada quién (es decir, la locura sería el duelo hecho por Aimè…, igual por Hamlet…) no quiere decir entonces que la sublimación deba considerarse como el único modo de hacer admisible la elaboración de un duelo. Lo que se postula es que el objeto perdido es sustituible simple y llanamente por otro objeto, que puede ser la sublimación misma. Lo que aquí se apura como consecuencia es a qué deberemos denominar entonces superación del duelo, particularmente entre nosotros, donde los ejes centrales de la recuperación de las víctimas son los de la verdad, la justicia y la reparación.

No podremos asegurar que la ausencia de sublimación, la imposibilidad de olvidar lo perdido, la “incapacidad” para reemplazar el objeto perdido por otro… signifiquen modos de enfermar. Entre otras cosas porque cabe preguntarse si en la guerra es posible hablar de duelos individuales y uno de un duelo que afecta a la cultura misma, a todos los hombres y mujeres que la constituyen y particularmente a los modos en que esos hombres y esas mujeres han dado en afrontar la enfermedad y la muerte como calamidades.

Ciertamente que muchos de los remedios inventados por la humanidad para combatir los estragos producidos por la naturaleza o por ella misma, reproducen la misma limitación que la vida mantiene con respecto de la realidad de la muerte. Lo cual no quiere decir que una cultura determinada no pueda elegir los modos de vivir y de morir que más convengan para sus intereses espirituales y materiales. Pero no será sobre la base de aceptar considerarse ella misma enferma en tanto no ha cumplido un libreto que le ha sido dictado desde la autoridad médica convertida en discurso disciplinario y de control.

Hemos suscrito siempre la necesidad de encontrar modos de trabajar con las poblaciones afectadas que promuevan al mismo tiempo la posibilidad del despliegue de la singularidad y la posibilidad de establecer acciones comunitarias[23]. La educación sería un elemento fundamental siempre y cuando se le desarticule de su correspondencia con un modo de producción al servicio de los intereses de una vida restringida al simple hecho de la supervivencia. Para esto no hay que pedir permiso. Ni para que cada quien establezca el modo como va a asumir su respectiva elaboración de su(s) duelo(s).

Santiago de Cali, Julio de 2014

Este escrito forma parte de una serie de ellos referida a la polémica que Jean Allouch ha planteado a los psicoanálisis contemporáneos con respecto del texto Duelo y Melancolía, de Freud. Ya del mismo hizo parte la escritura publicada en la revista No. 7, “Primero la herida, después el duelo”.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

[1] Freud, Sigmund. Duelo y melancolía. Amorrortu editores, T. XIV, Bs. As. 1975
[2] Así por lo menos lo hace saber un psicólogo divulgativo como Lawrence LeShan en su “Psicología de la Guerra. Un estudio de su mística y de su locura”, Ed. Andrés Bello, 1995.
[3] Allouch, Jean. Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Ediciones Literales, Bs. As., 2006
[4] En la pasada Cátedra Berrios, celebrada por Mayo en la ciudad de Santiago de Cali, el profesor Jorge Holguín, neuropsiquiatra de la Universidad de Antioquia, realizó una muy precisa contribución a declarar verdadera entelequia esta de la psiquiatría basada en la evidencia, recordando como el frenesí empleado en aumentar el número de categorías diagnósticas en el DSM-V, hacía imposible señalar que la evidencia pudiera tener lugar alguno en semejante fiesta de la nomenclatura… Lo que sería evidencia para un determinado diagnóstico, mostraría su contrariedad al momento en que ese diagnóstico o desapareciera, o cambiara, o se le adjudicara una nueva forma de participación en el espectro amplio de la salud y la enfermedad.
[5] Tuve oportunidad de asesorar al Comité Editorial de la revista, ya desaparecida, NOVA & VETERA, del también desaparecido Instituto de Derechos Humanos Guillermo Cano, de la Escuela Superior de Administración Pública –ESAP- de Bogotá, por los años 2000-2003, donde leí un artículo presentado por una profesional de la medicina señalando la necesidad de declarar deprimidos, es decir, enfermos, a todos los desplazados.
[6] . El amo es también capaz de ternezas… Coloca en cargos de poder a mujeres, a homosexuales y a afro descendientes y de paso que consigue alabanzas para su “espíritu anti-discriminatorio”, se encarga de acusar como discriminadores a todos aquellos subalternos que protesten por las decisiones tramitadas por aquellos… Lo cual, en un tiempo en que el opositor corre el riesgo de ser llamado “terrorista”, es un mal menor…
[7] Freud, S. Duelo y Melancolía, Amorrortu editores, T. XIV, Bs. As. 1975.
[8] Ibidem.
[9] Allouch, Jean. Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Ediciones Literales, Bs. As. 2006. Las cursivas me corresponden.
[10] Que, como veremos más adelante, será la del repudio por el doliente lo que predominará, lo que se llamará “muerte seca”, al tiempo que en Duelo y Melancolía se le dirá al doliente que el objeto perdido goza de la condición… ¡de reemplazable!
[11] Ariès, Philippe. El hombre ante la muerte. Taurus. Madrid. 1983, citado por Jean Allouch en Op. Cit. Pág. 60

[12] Ibid. pág. 63
[13] Ibid. pág. 63
[14] Freud citado por Allouch, Op. Cit. Pág. 64
[15] Ibid. Pp. 64-5. La cita de Abraham es tomada de: Karl Abraham, “Prolegómenos para la investigación y el tratamiento psicoanalítico de la locura maníaco-depresiva y de los estados colindantes”, trad. De Ilse Barande y Elizabeth Grin. Oeuvres Completes, T. I, París, Payot, 1965, p. 219.
[16] Ibid. Pp. 65-6.
[17] Ibid. P. 66
[18] Ibid. P. 67
[19] Ibid. P. 67
[20] Ibid. Pág, 68
[21] Cabe preguntarse si en la decisión del gobierno norteamericano de ocultar ante los medios el regreso en ataúdes de los soldados muertos que ha enviado a diversas partes del mundo, no existe una especie de formalización deliberada de un proceder que invita a desconocer la muerte como forma de mantener intacto el estilo de vida sobre el cual se levanta el poder del complejo militar-financiero-industrial que prevalece en ese país.
[22] Ibid. P. 69
[23] Frucella, María Laura. En Busca de las Huellas Colectivas. Una experiencia singular. RevistaAcheronta No. 12, enero de 2001. http//www.acheronta.org/ Revisado sept. 13/2013.

 

TALLER No. 2

 

NUEVAS CONCEPCIONES ACERCA DEL DUELO

 

  1. ¿Cuáles son los principales temas de DUELO Y MELANCOLÍA de Freud, que Jean Allouch critica?

 

  1. Escoja por lo menos dos de ellos y sustente los argumentos que emplea Jean Allouch para formular su crítica.

 

 

  1. ¿De qué manera Jean Allouch, según él a diferencia de Freud, sí tiene en cuenta las variaciones históricas del duelo y la relación con la muerte?

 

  1. Según Philippe Ariès ¿qué está ocurriendo con la muerte y el duelo durante el tiempo en que Freud publica DUELO Y MELANCOLÍA?

 

  1. Explique brevemente los términos de “muerte seca” y “asalvajamiento de la muerte”.

 

  1. Deseo conocer el efecto personal que ha tenido la lectura de este texto para usted.

 

“Acudir a los textos antiguos no implica simplemente retomar dócilmente los itinerarios que propones, pues como advierte Pierre Hadot, tal cosa sería imposible e ilusoria.  En dichos textos encontramos trazas de experiencias que aunque irrecuperables, han inspirado algunas invenciones filosóficas (Pierre Hadot), biopolíticas (Michel Foucault) y analíticas que lejos de continuar con alguna añeja tradición, responden a dificultades vivas.   Entonces, ¿no resultaría necesario situar estas invenciones en función de las dificultades a las que responden, para de ese modo interrogar su pertinencia y su propia caducidad?”

 

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